"No estaba de vacaciones, estaba enseñando."
Esa fue la frase que utilicé hace algunos días para resumir lo que fueron los últimos meses. Pero la verdad es que, mientras más pienso en la experiencia, más me doy cuenta de que no se trató simplemente de enseñar ventas, prospección o herramientas comerciales.
Se trató de acompañar personas. Y eso tiene un peso distinto.
Durante los últimos meses tuve la oportunidad de participar como Instructor Técnico en la primera cohorte del Bootcamp de SDR (Sales Development Representative) de Generation Chile. Cuando acepté el desafío, imaginé horas preparando clases, revisando actividades y compartiendo experiencias del mundo comercial. Todo eso ocurrió. Pero lo que no anticipé fue el impacto que tendría ver el proceso completo de transformación de un grupo de personas que decidió apostar por una nueva etapa profesional.
Es ver cómo alguien que el primer día dudaba de sí mismo termina presentando una estrategia comercial frente a sus compañeros. Es observar cómo una persona que nunca había utilizado herramientas de prospección aprende a investigar clientes, construir mensajes y sostener conversaciones comerciales con confianza.
Es escuchar preguntas que reflejan inseguridad al inicio y, semanas después, escuchar opiniones respaldadas por criterio, análisis y experiencia práctica. Y eso te recuerda algo muy importante: detrás de cada proceso formativo hay personas intentando construir una mejor versión de sí mismas.
Uno de los grandes aprendizajes que me dejó esta experiencia es que enseñar no consiste en entregar respuestas. Consiste en crear las condiciones para que otros descubran sus propias capacidades.
Muchas veces creemos que el valor de un instructor está en cuánto sabe. Hoy creo que también está en cuánto logra que otros crean en lo que son capaces de hacer.
Como emprendedor, he dedicado gran parte de mi carrera a construir proyectos, desarrollar negocios y resolver problemas. Pero estar al otro lado, acompañando el crecimiento de personas, me permitió reconectar con algo que a veces olvidamos en el mundo profesional: el impacto de nuestro trabajo no siempre se mide en ventas, indicadores o resultados financieros.
A veces se mide en confianza. En oportunidades. En personas que se atreven a dar un paso que antes parecía imposible.
También confirmé algo que observo constantemente en el mercado: las habilidades técnicas son importantes, pero las habilidades humanas siguen marcando la diferencia. La curiosidad, la perseverancia, la capacidad de escuchar, la disposición para aprender y la voluntad de intentarlo una vez más son atributos que ningún software puede reemplazar.
Y si algo me dejó especialmente optimista esta experiencia, es ver que existe mucho talento dispuesto a desarrollarse cuando encuentra el entorno adecuado para hacerlo.
A los alumnos, gracias por la energía, las preguntas, las conversaciones y las ganas de aprender. Gracias por desafiar ideas, por cuestionar procesos y por demostrar que siempre hay espacio para seguir creciendo.
Al final, enseñar también es aprender. Y pocas experiencias me han recordado eso con tanta fuerza como esta.
Porque más allá de formar SDR, tuve el privilegio de acompañar historias de transformación. Y eso, sin duda, es algo que vale la pena recordar.